SAN CRISTOBAL. – En la plaza Garibaldi, suena con fuerza entre los enormes sombreros y los trajes negros, las notas de «Sigo siendo el Rey» , «México Lindo y querido» y «Cielito Lindo», temas musicales, emblemas representativos de la idiosincracia heredada por los charros de aquellas generaciones ancestrales que crecieron oyendo a Javier Solis, Jorge Negrete o Antonio Aguilar por citar algunas de las tantas luminarias que ha parido este gran terriotorio del norte de la América hispana que este 11 de junio celebraron como si fuera el Día del Grito de La Independencia.
Los mexicanos salieron del estadio Azteca – nombre original – aunque la FIFA se empeña en llamarlo Ciudad de México con el corazon hinchado de orgullo. Su selección tuvo una gran presentación en el juego inaugural que abre el centenar de partidos que tendrá la edición XXIII de las Copa Mundo. El ambiente musical que imperó desde temprano en el coloso de Ursula dio buenas vibras a las más de ochenta mil almas que plenaron el escenario deportivo, donde también se jugaron las finales de los Mundiales de México 70 y México 86, cuando el Brasil de Pelé y la Argentina de Maradona alzaron los máximos trofeos.
Los goles de Julian Quiñonez , un colombiano adoptado por el país del tequila y los tacos, muy temprano – a los 13 minutos – y luego el frentazo de Raul Jiménez – en el segundo tiempo – le dieron alas a los mexicanos para celebrar en medio de las tribulaciones socio económicas que los azotan, pero que por un buen rato se olvidaron de esos problemas para disfrutar la Copa y beber el élixir del triunfo.
El rival era Sudáfrica, con pocas luces en el juego. Sufrieron las expulsiones de Sithole y Zwane que ayudaron a que su juego rácano se tornara más endeble, sin hacer nada de daño a la zaga mexicana. Limitados en poder ofensivo y con una defensa que hizo aguas, presas de los nervios, ayudaron a que el anfitrión se luciera ante sus aficionados, en un escenario en su totalidad de ese verde que ha distinguido al «Tri» como también le dicen al cuadro mexicano.
Para los fieles mexicanos la victoria fue un bálsamo para aquellos que pagaron grandes sumas para tener una entrada – las más altas rozaban los 1.400 dólares y las bajas estaban por los 400 dólares – pero todo vale cuando se trata de la selección, pero también al mexicano de a pie, ese que se levanta muy temprano a lucharla para ir a los mercados populares de la gran metropolí de 30 millones de personas, de los que usan el Metro o caminaban para llegar a sus centros de trabajo y la México adentro que sufre y celebra con los fracasos y éxitos de su selección.
México se pone adelante, dando un paso importante en el grupo A: Ganar el primer duelo representa un gran envión anímico – pese a perder al central Montes por expulsión – para los dirigidos por Javier Aguirre. Tendrá el Vasco como mover sus piezas para afrontar los duelos por venir, pero al menos México se quitó esa «sal» de encima que le seguía en el historial de ser una selección perdedora en duelos inaugurales. Esta vez, los charros harán retumbar sus trompetas y guitarrón, sacando notas de alegría del violín y la vihuela, para que sepa el mundo el sabor que tiene una victoria a lo mexicano.