Hubo un tiempo en que la Vuelta al Táchira en Bicicleta no era solo una carrera; era el orgullo de Venezuela ante el mundo. Lo que entonces nos parecía una exageración, hoy es un eco nostálgico. ¡Qué lejos estábamos de imaginar este desastre sistemático!
Hoy vemos a atletas que parecen sostenidos por el puro aliento de la historia. Están ahí, inyectados de batallas pasadas que tienen que desempolvar para encontrar la fuerza que el presente les niega; casi embalsamados en un formol de nostalgia, obligados a competir porque la generación de relevo ha sido devorada por la desidia.
Pero entre las grietas de la crisis, emergen ellos: los héroes de carne y hueso. Atletas, padres, entrenadores y patrocinadores que, por puro amor al pedal, se niegan a dejar morir el ciclismo.
Asistimos a transmisiones atomizadas, asfixiadas por una publicidad que ya no busca la grandeza, sino la simple subsistencia. Gobiernos de turno se han apoderado de los espectáculos deportivos, secuestrando el podio para figurar en los medios, buscando en el sudor ajeno el brillo que ellos no tienen.
Sin embargo, la verdad permanece intacta en la cuneta: la gente no ha dejado morir la Vuelta, y ese es un orgullo que ningún decreto puede comprar.
Al analizar la inversión, el corazón se encoge. Vemos cómo el dinero se diluye en banalidades y pendejadas, mientras se le da la espalda al atleta y a las comunidades. Los caminos por donde pasa la serpiente colorida claman por una inversión real que transforme el gasto en futuro, pero el poder prefiere la vieja receta de Roma: pan y circo. Con ello pretenden que mi pueblo noble ría y olvide, aunque sea por un instante, la desgracia sombría que nos ha caído encima.
El deporte no ha sido ajeno a esta rapiña. Intentan atribuirse como proezas de Estado lo que en realidad son victorias de sangre, sudor y lágrimas personales.
Personajes de «pinturita» exigen pleitesía por una ayuda que no es más que su deber constitucional. Por eso, lo diré siempre: esta gente destruyó el ciclismo. Se robaron las bicicletas, las maquillaron con promesas falsas y las devolvieron como si fueran Pinarellos de última generación, cuando en realidad solo queda el armazón de lo que un día fuimos.
Por: Lcdo Pedro Miranda.