Libro : Fútbol a Sol y Sombra de Eduardo Galeano.

Nacía la televisión en colores, las computadoras hacían mil sumas por segundo, Marilyn Monroe asomaba en Hollywood, Una película de Buñuel, Los olvidados, se imponía en Cannes. El automóvil de Fangio triunfaba en Francia, Bertrand Rusell ganaba el Nobel. Neruda publicaba su Canto General y aparecían las primeras ediciones de la Vida Breve, de Onetti y de El Laberinto de la Soledad, de Octavio Paz.

Albizu Campos, que mucho había peleado por la Independencia de Puerto Rico, era condenado en Estados Unidos a setenta y nueve años de prisión. Un delator entregaba a Salvatore Giuliano, el legendario bandido del sur de Italia, que caía acribillado por la policía. En China, el gobierno de Mao daba sus primeros pasos prohibiendo la poligamia y la venta de niños. Las tropas norteamericanas entraban a sangre y fuego en la península de Corea, envueltas en las banderas de Naciones Unidas, mientras los jugadores de fútbol aterrizaban en Rio de Janeiro para disputar la cuarta copa Jules Rimet, después del largo paréntesis de los años de la guerra mundial.

Siete países americanos y seis naciones europeas, recién resurgidas de los escombros, participaron en el torneo brasileño del 50. La Fifa prohibió que jugara Alemania. Por primera vez, Inglaterra se hizo presente en el campeonato mundial. Hasta entonces, los ingleses no habían creído que tales escaramuzas fueran dignas de sus desvelos. El combinado ingles cayó derrotado por los Estados Unidos, crease o no, y el gol de la victoria norteamericana no fue obra del general George, Washington, sino de un centrodelantero haitiano y negro llamado Larry Gaetjens.

Brasil y Uruguay disputaron la final en El Maracaná. El dueño de casa estrenaba el estadio más grande del mundo. Brasil era una fija, la final era una fiesta. Los jugadores brasileños que venían aplastando a todos sus rivales, de goleada en goleada, recibieron, en víspera, relojes de oro, que en el dorso decían: para los campeones del mundo. Las primeras páginas de los diarios se habían impreso por anticipado. Ya estaba armado el inmenso carruaje de carnaval que iba a encabezar los festejos. Ya se habían vendido medio millón de camisetas que celebraban la victoria inevitable.

Cuando el brasileño Friaca convirtió el primer gol, un trueno de doscientos gritos y muchos cohetes sacudió al monumental estadio, pero después Schiaffino clavó el gol del empate y un tiro cruzado de Ghiggia otorgó el campeonato a Uruguay, que acabó ganando 2 x 1. Cuando llegó el gol de Ghiggia estalló el silencio en el Maracaná, el más estrepitoso silencio de la historia.