ESPECIAL. Hacia menos calor que en Qatar, pero el calor que quema la piel y hace sudar el alma estaba allí, lo habran visto.

La etapa mal número era una cronoescalada de 10,9 kilómetros desde Loudenvielle hasta Peyragudes, desaconsejada para gente que viene sufriendo y se pregunta porque no estudio para desempeñarse como perito mercantil.

Rampas que muerden las piernas y un final con pendientes del 16%. No hay donde esconderse. Es el hombre contra la montaña, contra el reloj, contra sí mismo.

Pogacar, ese esloveno al que maquillan de niño de primaria mientras saca minutos y exhibe motor de tractor, voló otra vez. 23 minutos exactos, 36 segundos mejor que Vingegaard, que llegó jadeando, con el orgullo magullado pero aún vivo.

El danés, con su 23:36, alcanzó a Evenepoel en los últimos metros, un golpe cruel para el belga, que se desinfló como un globo pinchado, cayendo fuera del top 10 con 25:39.

Roglic, siempre Roglic, se coló tercero con 24:20, pero está a años luz del maillot amarillo. Pogacar no parece correr sino contra si mismo. Cuarta victoria de etapa en este Tour, la número 21 en su cuenta personal.

A sus 26 años, el tipo ya es una leyenda que recoge fanaticos y enemigos. Entre ellos señoras gordas que opinan de dopaje como si uno pudiera opinar sobre la etica sexual de las opinadoras en base a su concurrencia a misa.

Asi estamos.

Vingegaard dio pelea, no se puede decir que no. En el segundo control, su 14:46 aplastó a Roglic por 28 segundos. Pero Pogacar es otra cosa, un animal que no se cansa, que no duda. Evenepoel, el rey de la crono llana, se deshizo en la subida.

Su cara al llegar, cuando Vingegaard lo dobló a 50 metros de la meta, era un poema de derrota. Ojos vacíos, boca abierta, el campeón olímpico reducido a un mortal. Los números no mienten: 1:20 perdido con Pogacar, más de dos minutos con Vingegaard. El podio se le escurre como arena entre los dedos.

Enric Mas, el español, llegó con 25:59, digno pero lejos, a un minuto de los mejores. Luke Plapp, el australiano, soñó con la gloria por un rato, marcando 24:58, pero los gigantes lo pisotearon. Lipowitz, sorpresa alemana, clavó 24:56, metiéndose en la pelea por el orgullo. Pero esto es cosa de dos: Pogacar y Vingegaard. El resto salvo mejores dias estan lejos.

El viejo cronista mira el paisaje, las montañas que no cambian, y piensa en los días en que el ciclismo era más simple.

Cuando un piñón de seis coronas era un tesoro y el manillar no parecía una nave espacial. Ahora todo son vatios, aerodinámica, túneles de viento. ¿Dónde quedó el sudor puro, el ataque por instinto, el stem que ajustabas con una llave y un poco de fe?

Pogacar no necesita esas nostalgias. Él es el futuro, un futuro que aplasta el presente. La general lo grita: 3:31 sobre Vingegaard, una eternidad. En el tour se habla en voz baja que salvo imponderables el asunto parece tener dueño, y aún quedan días para que el esloveno siga rompiendo relojes y corazones.

La etapa 14 espera, con sus 182 kilómetros y cuatro puertos, Tourmalet incluido. Pero, en Peyragudes, Pogacar no solo ganó. Dio un martillazo al Tour, a la historia, a todos los que aún sueñan con alcanzarlo. Y el cronista, con su cuaderno gastado, solo puede escribir datos sueltos como esas cartas que se escribían de corazón a sabiendas que nadie las leería.

CON INFORMACIÓN DE RRSS