Alguien, en la pantalla de ese desfile de perder el tiempo en que se ha convertido nuestro móvil, aparece para recordarnos, a manera de lección inducida, que en el beisbol, refiriéndose al profesional nuestro, los fanáticos de los equipos van a un juego y pueden convivir con sus diferencias durante el encuentro sin que los ánimos rebasen las barreras.

Hay gestos, sentencias, creatividad en las palabras que se inventan para ridiculizar al rival, alguna que otra cita subida de tono y la vaina, muchas veces termina en una jodedera o una cerveza “pal pana”. Es una venezolanidad, es un encuentro donde las disputas y las adhesiones a, un y otro equipo se fraguan en el grito y la mamadera de gallo. El caraquista y el magallanero pueden estar al alcance en la tribuna, incluso uno al lado del otro y muy pocas veces pasa de esos trances.

El fútbol es otra cosa. La asistencia al estadio es, ya de por si, un pleito, una confrontación. Claro, debemos zanjar que no son la mayoría. La incitación empieza temprano en la semana con todo lo que rodea al espectáculo. Si es de visitante, se hace imponderable, la presencia en la tribuna. Hay que animar, hacer ruido, demostrar el poder hormonal que hace falta en la cancha. Impensable que una camiseta roja se muestre en el bando amarillo. Los contrarios deben estar con los contrarios. Si no estas con el equipo corres peligro.

Si es de local, entonces, se agrega todo lo anterior más pancartas, humo, alcohol y regionalismo. El estadio pasa de ser un monumento deportivo al tradicional circo romano donde debe correr sangre. La destrucción es la consigna. Hay que causar terror.

Los hechos de violencia que se vienen registrando en los estadios fútbol merecen toda la atención de la Liga de Futbol Profesional Venezolano. Las agresiones vienen subiendo de tono y de matices, dándole cancha abierta a la violencia. El camino más corto a una agresión es responder con una doble hasta causar el máximo daño, ya sea físico o material. Individual o colectivo.

En Valera hubo exaltados que persiguieron a unos contrarios. En Valencia los “Granadictos”, un nombre que combina color con adicción, invadió la cancha para perseguir al bando que torcía a favor del Zamora, llegándose el caso que fue preciso suspender el partido para restablecer el orden. En San Cristóbal le rompieron los cristales al autobús que transportaba al Caracas, luego del empate a 0.

Todos estos eventos son el fermento de un fenómeno nacido en Argentina en los años 1950 – 1960, conocido como barras bravas y que rápidamente alcanzó su auge en toda Latinoamérica, incluyendo a Venezuela, donde vienen ampliando su margen al cobijo de los mismos equipos que muchas veces les apoyan en su logística.

Algunos estudios multidisciplinarios de prestigiosas instituciones han tratado de entender el fenómeno. Sociólogos y psicólogos lo han descrito como las batallas de la territorialidad donde un grupo de diferentes tendencias se organiza para demostrar la valentía, la masculinidad agresiva y la pertenencia grupal para defender insignias y trapos. El combate como mérito. El rival como enemigo: Se deshumaniza al oponente bajo una lógica existencial donde el «otro» debe ser sometido o humillado.

Psicología de masas (Enfoque Psicológico)

Diversas investigaciones documentales aplican teorías clásicas del psicoanálisis y la psicología social (como las de Freud o Le Bon) para entender el comportamiento en las tribunas.

Pérdida de individualidad: Al integrarse a la masa popular, el barrista experimenta un fenómeno de sugestión, imitación y contagio emocional que diluye su responsabilidad individual.

Regresión neurológica: Análisis de comportamiento señalan que el cerebro de un hincha radical en pleno partido puede sufrir un secuestro emocional, donde se activa el centro primitivo de supervivencia y defensa grupal, catalizado muchas veces por el consumo de sustancias.

Volveremos sobre el tema.