TOMADO DEL LIBRO “ El Fútbol a Sol y Sombra”

De Eduardo Galeano.

Una noche de mucha lluvia, mientras moría el año 1937, un hincha enemigo enterró un sapo en el campo de juego del club Vasca da Gama y lanzó su maldición: ¡ Que el Vasco no salga campeón en 12 años!, Que no salga, si hay un Dios en los cielos.

Arubinha se llamaba este hincha de un cuadro humilde, que el Vasco da Gama había goleado 12 a 0. Escondiendo un sapo, de boca cosida, en tierras del vencedor, Arubinha estaba castigando el abuso.

Durante años, hinchas y dirigentes buscaron el sapo en la cancha y sus alrededores. Nunca lo encontraron. Acribillado de pozos, aquello era un paisaje de la luna. El Vasco da Gama contrataba a los mejores jugadores de Brasil, organizaba los equipos más poderosos, pero seguía condenado a perder.

Por fin, en 1945, el club ganó el torneo de Rio y rompió la maldición. Había salido campeón, por última vez, en 1934. Once años de sequía:

Dios nos hizo un descuentito, declaró el presidente.

Tiempo después, en 1953, el que estaba con problemas era el Flamengo. El club más popular de Rio de Janeiro y de todo el Brasil, el único que juegue donde juegue, juega siempre de local. El Flamengo llevaba 9 años son ganar el campeonato. La hinchada, la más numerosa y fervorosa del mundo, se moría de hambre. Entonces, un sacerdote católico, el padre Goes, garantizó la victoria, a cambio de que los jugadores asistieran a su misa, antes de cada partido y rezaran el rosario de rodillas ante el altar.

Así, Flamengo conquistó la Copa tres años seguidos. Los clubes rivales protestaron ante el cardenal Jaime Cámara. El Flamengo estaba usando armas prohibidas. El padre Goes se defendió alegando que él no hacia más que alumbrar el camino del Señor, y continúo rezando a los jugadores su rosario de cuentas rojas y negras, que son los colores del Flamengo y de una divinidad africana que al mismo tiempo encarna a Jesús y a Satanás.

Pero al cuarto año el Flamengo perdió el campeonato. Los jugadores dejaron de ir a misa y nunca más rezaron el rosario. El padre Goes pidió ayuda al Papa de Roma que no le contestó.

El padre Romualdo, en cambio, obtuvo permiso del Papa para hacerse socio del Fluminense. El cura asistía a todos los entrenamientos. A los jugadores no les caía nada bien. Hacía 12 años que el Fluminense no ganaba el trofeo de Rio y era de mal agüero que este pajarraco de negro plumaje y parado a la orilla de la cancha. Los jugadores lo insultaban, ignorando que el padre Romualdo era sordo de nacimiento.

Un buen día, el Fluminense empezó a ganar. Conquistó un campeonato, y otro, y otro. Los jugadores ya no podían practicar si no lo hacían a la sombra del padre Romualdo. Después de cada gol, le besaban la sotana. Los fines de semana, el cura asistía a los partidos desde el palco de honor y balbuceaba qué cosas contra el juez y los rivales.