(Gonzalo Rey Muñoz/ El Escalador). – A Porfirio Ortega se le tiene que reconocer su amor por el ciclismo. Fue un hombre que dedicó su vida a este rudo deporte, el más masacrante en concepto del campeón Carlos Maya.
Ortega corrió una Vuelta al Táchira, y siempre su voz adquiría vigor cuando explicaba que la finalizó. Fue el último de la general individual pero no desfalleció, no tiró la toalla y no se bajó hasta cruzar la meta final.
Desde que llegué a las lides periodísticas siempre me llamó la atención su forma de actuar en las carreras. Era estricto, se transformaba en algunos casos cuando discutía con alguien.
Entonces él se quitaba la gorra y la pisoteaba con fuerza varias veces. Ese ejercicio lo calmaba y luego, con una palmadita en el hombro de la persona con que polemizaba, le regala dos cosas: una sonrisa y la frase «usted es mi amigo».
Trabajó duro por el ciclismo tachirense. Fue entrenador y dirigente.
En su rol de adiestrador se dedicó a la formación de un grupo de jovencitas y con varias de ellas ganó valiosas medallas para el Táchira y carreras en cualquier parte del país. Sabía trabajar, a su estilo, en la pista y la ruta. Una de esas adolescentes era Lilibeth Chacón, quien hoy en día está considerada la ciclista más completa de Venezuela y poseedora de varios títulos internacionales.
Ortega ocupó varios roles dirigenciales en la Asociación Tachirense de Ciclismo y fue vicepresidente de la Federación Venezolana de Ciclismo.
Con Porfirio Ortega viajé a varios eventos: Vueltas al Táchira, Vueltas a Venezuela, Campeonatos Nacioles y Juegos Deportivos Nacionales.
Cada viaje era conocer una historia diferente de este hombre que amaba a su familia, a su esposa, a sus hijos y su hija que la llevó a ser medallista nacional.
Era testarudo. Pero humano. Era de carácter fuerte y sonrisa dulce. Era de esos pocos dirigentes que sabían multiplicar el escaso presupuesto para atender al atleta.
En enero del 2003, en aquella Vuelta al Táchira que se hizo con gran éxito a pesar que algunos dirigentes de la ATC lo dejaron solo porque apoyaban el paro petrolero, Porfirio Ortega llegó al Instituto del Deporte Tachirense (IDT) y le dijo a la presidenta Juanita Suárez que venía a contribuir para hacer una vuelta inolvidable.
Y así fue. Porfirio trabajó en exceso y no dejó morir la vuelta. Muchas emisoras decidieron ese enero no transmitir y entonces surgió el ímpetu del locutor Richard Peña, hoy en día también en el Reino Celestial, quien a través de la Radiodifusora Cultural del Táchira conformó un circuito con emisoras comunitarias y voces estelares que narraron cada pedalazo con que el colombiano Hernán Darío Muñoz logró la corona frente a la resistencia de Carlos Maya y Yeisson Delgado.

Cuando terminó la prueba, El Coyote, como todos lo conocían en el ciclismo, buscó a Richard Peña lo felicitó y solicitó una fotografía con todos los narradores y comentaristas. El estaba feliz, inmensamente jubiloso porque la vuelta pese al ambiente político concentró delegaciones de Colombia, México, Guatemala, Cuba, Costa Rica y cinco escuadras venezolanas que recibieron el respaldo del gobernador Ronald José Blanco La Cruz.
Por ayudar al éxito de esa vuelta le dieron duro algunos que se decían ser sus amigos. Eso le dolió mucho. En un viaje que realizamos a Barquisimeto me contó varias cosas e incluso identificó a quienes fueron inclementes con él.
En los Juegos Andes 2005 respaldó la propuesta de sede compartida entre Táchira, Mérida y Trujillo. Con el diseñador Jhonny Waldo Monsalve Colmenares trabajamos durante casi diez meses en los libros de la propuesta y en nuestra oficina de Prensa IDT siempre llegaba el sonriente dirigente para aportar un dato valioso o para invitar a un café en una de panadería de Paramillo donde pasábamos minutos escuchando sus historias. Historias humanas. Historias de campeones. E historias de sufrimiento.
En cada carrera, año tras año, Porfirio Ortega trabajó horas en exceso. Y como entrenador, incluso, en los Juegos Deportivos Nacionales Oriente 2024, en ese desastre deportivo para el Táchira, sus atletas y los de Arlex Méndez, lograron diez medallas de oro con lo cual el descalabro no fue total.
Con su llegada al Reino Celestial culmina un capítulo del ciclismo tachirense. Porfirio Ortega deja su ejemplo de trabajo sin mezquindad y de entrenador que coleccionó medallas para el Táchira que amó y ayudó a ser potencia.
A su familia, que era su máxima alegría, hacemos llegar nuestra palabra de solidaridad. Hoy las lágrimas no se pueden evitar y el dolor trasciende en el círculo de sus amigos y personas que valoraron la labor de este Quijote del ciclismo venezolano. Que Descanse en Paz. Amén!!! 🙏