Libro: Su majestad El Fútbol

Rossó Cauaca.

En el patio interior del edificio 610 de la avenida Nuestra Señora de Copacabana, en Río, en una noche de septiembre, un cuerpo cubierto por diarios viejos. Cuatro velas en cruz, denunciaban que el hombre estaba muerto. Pero nadie sabia quien era: para los vecinos sólo era el solterón de lento andar. Visto de vez en cuando, por la mañana camino de la playa. El que aquel día había comprado los diarios en el puesto de la esquina y los cigarros en el kiosco de al lado, ahora estaba muerto, olvidado de su lento andar. Fue la policía la que lo supo primero porque los fotógrafos y cronistas jóvenes no podían acordarse de él.

Era Amado Benigno, antiguo jugador del Flamengo.

Quien conoció a Amado, allá por 1926, en las Mesas del café Rio Branco, no podía imaginarse que iba a morir así, pobre y solo. En aquella época era un lujo de familia rica, un camisota amarilla y una sonrisa en los labios. Alto, bonito, había cambiado la medicina por el fútbol y no quería otra vida.

Había surgido del equipo de menores del Flamengo y, ya, en 1925, en el equipo de aspirantes, había ganado su primer campeonato. Al año siguiente, Amado era conocido por el país entero. Su hazaña inicial fue la de sacar a Batalha del arco del Flamengo, obligándole a irse para el Fluminense por no quedar en la reserva. En 1928, Amado era bicampeón brasileño de fútbol en la selección carioca, venciendo a Tuffy, golero de mucho prestigio. Antes, en 1927, ya había ocupado el lugar de Jaguaré y Joel en el arco de la selección.

En 1930, cuando estuvieron en Brasil varios equipos extranjeros- Bolonia y Torino de Italia, el Victoria de Portugal y Rampla Juniors de Uruguay – Amador surgió en todos los partidos como el mejor golero del país. Pero era temperamental, discutidor, vivía cambiándose de club. En el Botafogo duró poco y terminó abandonando la carrera, a fines de 1930 en el año de su mayor éxito- para ser un funcionario más del ministerio del trabajo.

Solterón, solitario, un día apareció enfermo y fue internado en la Colonia de Alienados, en Genho de Dentro. Desde esa poca, nunca más se recuperó.

Una vez pasó una noche entera en la puerta de la casa del periodista José María Scassa, uno de sus extraños amigos, para pedirle dinero prestado. Scassa le dio y aquella fue la última oportunidad que le vio, pues algunos meses después Amado solo era una fotografía en los diarios.